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La nobleza del ciclismo

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Hemos tenido la suerte de ver el tramo final de una etapa de la Vuelta Ciclista a España. Hemos recorrido en coche, los últimos 40 km que nos llevaban hasta meta, por el mismo asfalto, comprobando la terrible exigencia de la silueta, que el desnivel acumulado hace sobre la ruta.

A nuestra llegada a meta, comprobamos la trascendencia internacional de un evento de estas características, la logística tan enorme que moviliza todos los días, las cerca de 500 personas vinculadas a la organización directa del evento, a los más de 1000 agentes de seguridad y policía, que se encargan de gestionar los cortes de carretera, de calles, de regular el tráfico y de garantizar la tranquilidad a los asistentes, a los que se asoman curiosos en cualquier punto de la ruta, para ver pasar a esos locos subidos en bici, que en ocasiones adelantan a las motos de la organización, sobrevuelan las rotondas, se deslizan sobre el asfalto dejándose la piel en el mismo, cuando no se dejan la vida en cada pedalada al máximo.

A más de 35 grados de temperatura, con pendientes de hasta el 16 % subiendo, curvas cerradas y deslizantes en la bajada como muestra Believe App en la foto adjunta. En coche tardamos casi una hora en recorrerlo, con el aire acondicionado a tope, mientras comentábamos las inmensidades del paisaje, mientras abríamos la boca de incredulidad por el tramo que transitábamos, mientras imaginábamos el esfuerzo inhumano que nos supondría a cualquiera de nosotros semejante actividad.Observar se nos da bien, incluso mejor que opinar, pues oímos en demasiadas ocasiones versiones supuestamente profesionales, desprovistas de conocimiento, de la mínima experiencia necesaria para abrir la boca y no parecer imbécil.

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Nos dimos cuenta que a la llegada de los primeros participantes a meta, igualaban nuestro tiempo en el tramo de 40 km que hicimos en coche, con un puerto de montaña de primera categoría en medio, eso sí, ellos no llevaban aire acondicionado, ni charla amena mientras no podrían distraerse con el paisaje.

Uno desde fuera se imagina una lucha encarnizada, una pelea de intereses deportivos que sobrepasa la barrera ética, la moral, la económica, sustentada en una clasificación general o por etapas da lo mismo.

Pero la realidad de meta, supera cualquier pensamiento aniquilador de compañerismo, ese con el que qué algunos medios de comunicación pretenden impregnarnos para hacer de la rivalidad deportiva, odio empedernido sobre algunos deportistas, interés desgarrador por una clasificación desmerecida de valores.

Los deportistas, somos adeptos de nuestros compañeros, admiradores de nuestros colegas de fatigas, amigos de quienes recorrieron cualquier tramo que nosotros en cualquier momento de nuestra vida. Hemos recorrido casi en igualdad de condiciones, o mucho mejor aún, en nuestras propias condiciones, porque para que compararnos, cuando es mucho más sano admirar a quien lo hace mejor, si eso te sirve para aprender cómo, cuándo, dónde.

El comentarista de la radio, de la tv, incluso el que animaba en la zona de meta al público expectante, utilizaba términos como: “tal corredor asesta un hachazo” “el corredor tal se quedó descolgado del pelotón y está sufriendo un golpe durísimo”, “el corredor tal se ha caído y sus rivales ahora aprovecharan esta circunstancia para robarle todo el tiempo posible”.

En la llegada a meta, conforme los corredores entraban, se paraban exhaustos, se hidrataban desesperados, algunos caían al suelo, otros eran sostenidos por auxiliares de sus equipos, por personal de la organización.

Y en ese preciso momento, detectamos que todo lo comentado durante la etapa por los comentaristas, no tenía ningún sentido.

Todos los participantes se interesaban por el ganador de la etapa, era felicitado por cualquier corredor de cualquier equipo, Le abrazaban, de la daban la mano, los que no se podían acercar le saludaban amistosamente con la mano, acompañados de una sonrisa de complicidad, los corredores hablaban mezclados entre ellos, se notaba como compartían confidencias de la etapa, como su relación llegaba mucho más allá de los intereses de sus equipos, de sus marcas patrocinadoras, de los tristes intereses de algunos medios de comunicación interesados en generar en mal ambiente que en absoluto existe.

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Cuando el líder de la clasificación general subió al podio, un marciano llamado “Froome” de casi 2 metros de altura, la admiración global sobrevoló el escenario, incluso los bajos del escenario. Aplauden rendidos a su ejemplo, a su capacidad, a sus valores compartidos en cada metro de calzada, a cada palabra y gesto de agradecimiento más humilde aun siendo el mejor.

Si alguna vez tienes la oportunidad de decirle a alguien que entre los deportistas de verdad no peleamos, no desaproveches la oportunidad de invitarlo a rodar contigo. Porque precisamente a esos que hablan desde el desconocimiento, te pedirían ayuda en el caso de pinchar una rueda, si se cayeran en una curva, si se quedaran sin agua a 10 km de la llegada.

Invítalos a saber desde la experiencia, desde la sencilla humildad de los mejores, desde los valores más rancios del deporte, esos por los que jamás dos compañeros nunca discutirán, lo que un tonto proclama…

 

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